Me resulta difícil creer en el destino, creer que todo ya está escrito y que no puedes cambiar nada a tu paso. Pero en cambio tampoco rechazo la idea de que si algo te pasa, era por que te tenía que pasar, y no había otra elección. Soy una de esas personas indecisas, que tienen demasiadas pocas cosas claras, y una de ellas es mi vida; lo que será de ella en quince años. Me pregunto si hace cinco me imaginaba que podría pasar algo como esto, que todo cambiara tan repentinamente que no me dara tiempo a asimilar todos los hechos.
Abandonar el lugar en el que he vivido durante mis dieciséis años recién cumplidos me resultaba un tanto difícil, pero mucho más era dejar atrás a todos mis amigos, familiares, conocidos… A todas las historias, momentos, y lugares que había vivido aquí.
Mi pueblo no es muy grande, y está bastante alejado de la ciudad y de otros pueblos de alrededor, pero eso es lo que lo hace tan especial.
Recuerdo no con demasiada claridad mi primer día de colegio. No conocía a nadie, y en cambio aquellos otros niños y niñas parecían conocerse todos los unos a los otros, a si que me quedé sentada en una esquina del patio a la sobra a la hora del recreo. Me dedicaba a observar a todos los niños, cómo se comportaban, lo que llevaban de almuerzo, cómo se peleaban por los juguetes… Cuando una niña se me acercó corriendo y tras tocarme gritó:
- ¡Tú la llevas!
En ese momento no supe que hacer, pero por lo que había visto, tenían que salir corriendo a hacer lo mismo con otro niño. Poco más tarde, la misma chica que me hizo involucrarme en ese juego, se presentó y me dijo:- Hola, me llamo Irene, ¿y tú como te llamas?
- Yo me llamo Leire –respondí-
Puede que las cosas sucedieran así por casualidad, o por que tenían que pasar, pero ahora esa misma niña de 5 años, era mi mejor amiga. A la misma a la que iba a dejar en ese pueblo junto con muchas más personas.
La primera vez me fui a casa de Irene a merendar, me enseñó lo grande que era su casa, y después me llevó a la caseta de su familia, una antigua caseta donde guardaban herramientas, pero que ya no utilizaban. Esa caseta se convirtió en una especie de refugio donde jugábamos con muñecas o nos inventábamos historias que ahora sería incapaz de imaginar.
Mi madre trabaja en la única tienda de ropa que había en el pueblo, y mi padre es tendero en la carnicería. Esto me favorecía, ya que siempre tenía ropa nueva cada vez que a mi madre se le antojaba hacerme un vestido, o podíamos comer carne con frecuencia en mi casa.
Cuando era aún más pequeña, mi madre me solía hacer vestidos para mis muñecas, y casi tenían más ropa mis muñecas que yo misma. Mi padre solía llevarme con él los sábados por la mañana a pescar, era algo que me encantaba y esperaba durante toda la semana a que llegara ese día.
En uno de esos sábados de pesca, cuando yo ya tenía 11 años recién cumplidos, conocí a la persona con la que he podido disfrutar de muchos de los momentos más bonitos de mi vida.
Me encontraba en la orilla del río, asomada intentando divisar algún pez al que poder atrapar, cuando alguien se acercó por detrás y me empujó al interior del agua.
Enfadadísima me volví para ver quien había sido y me encontré con un chico de cabello rubio y rizado con ojos azules. Cuando vio que salía enfadada del río, echó a reír y a correr entre los árboles, y cuando me dí cuenta ya había desaparecido.
Ese mismo día mi padre me castigó por meterme al río, ya que no se creyó que alguien me hubiera tirado.
La segunda vez que vi a aquel chico tan misterioso fue el lunes siguiente en la escuela.
Cuando él me vio se echó a reír de nuevo, pero cuando se dio cuenta de que lo estaba mirando, apartó la mirada y se fue para otro lado.
A la edad de doce años, mis padres me sacaron por primera vez del pueblo y me llevaron a ver la ciudad. Yo estaba encantada de poder ver más lejos de las montañas, y mi curiosidad sobrepasaba los límites. No sabía con lo que me iba a encontrar: ¿cómo serían las casas? ¿Y las calles? ¿Y las personas se vestirían igual?
Para tener ya doce años, era bastante inocente, pero los medios y las circunstancias no me habían permitido conocer más de lo que me rodeaba a escasos metros.
Cuando llegué a la ciudad quedé completamente impresionada. Los edificios eran mucho más altos, había muchísimas más personas, y me parecieron muy antipáticas por que allí nadie se saludaba por la calle. Mis padres me daron órdenes de no separarme de ellos por ningún motivo, y así fue.

Pocos meses más tarde, llegaron las fiestas del pueblo, cosa que esperaba con ansia durante todo el año. Todos los años, mis tías, tíos, primos y primas acudían a comer a mi casa para el día de San Isidro. No aguantaba a ninguno de ellos. La tía Julia era la más cotilla del pueblo, y si te metía en una conversación, no conseguías salir de ella por mucho que quisieras. Ella y la tía Rosa (otra que tampoco se quedaba corta de cotilla), se pasaban toda la tarde juntas chismorreando sobre los asuntos de todas las personas del pueblo. El tío Luis, era un comerciante, que ganaba bastante dinero, y siempre que venía, presumía de todo lo que poseía. En cuanto a mis primos, ellos eran los peores, todos eran mayores que yo, y creían que por el hecho de eso, podían mandarme para hacer lo que ellos quisieran; lo malo era que yo no podía escaparme de sus manos, por que mis padres me obligaban a estar bajo su ‘‘poder’’.
Todas las fiestas eran especiales por una cosa o por otra, pero las del año pasado fueron las mejores, sin duda.
Ya tenía 14 años cuando todo esto sucedió. Ya se hacía de noche, y me dirigía a casa para cenar, cuando en medio de la gente me sorprendió ver cómo aquel chico rubio que hace tres años me tiró al río me miraba con sus ojos azules brillantes, y como no, lo seguí y fui hacia él para pedirle una explicación de por qué me miraba de esa manera. Cuando ya estaba cerca de él, vi como se alejaba rápidamente del barullo de gente y se adentraba en el bosque. Enfadada lo seguí:
-¡Eh! ¡Oye! ¿Qué te pasa? ¿Por qué corres? – gritaba-
Cuando me quise dar cuenta estaba completamente metida en el bosque, sola, había perdido de vista a aquel chico, y no sabía encontrara el camino de vuelta. Asustada comencé a gritar cuando una mano me tapó la boca y me lo impidió.
- Tranquila, no te voy a hacer daño – una voz me susurró al oído-- ¡¿Pero a ti que te pasa?! ¡Me has dado un susto de muerte!
- Me llamo Jeremy, ¿y tú eres?
- Leire – respondí tímidamente, era notablemente más alto que yo, aunque solo tenía un año más-
Comenzamos a hablar, como si nos conociéramos de siempre y resultó ser un chico lleno de secretos. Entonces me dí cuenta de que había pasado dos horas junto a él, y que iba a estar castigada para el resto de mi vida, y me fui corriendo sin dar explicaciones.
Mis padres me castigaron el siguiente mes entero, pero para mí sorpresa, al día siguiente de que esto pasara, una carta cayó por mi ventana a las once y media de la noche, decía:
‘‘BÚSCAME MAÑANA A LAS DIEZ DE LA NOCHE EN EL RÍO’’
Así que al día siguiente, con la escusa de ir a llevarle carne a la tía Rosa, acudí al río, justo en el lugar donde había estado la noche de fiestas. Y allí estaba él, esperándome.
Las horas pasaron volando, hice ademán de levantarme e irme, pero entonces me cogió de la mano, gritó: ‘‘¡Espera!’’, me atrajo hacia él y me besó.
Durante las siguientes noches, nos seguimos viendo, todas, se había convertido en parte de mi vida.
Pero entonces las cosas empezaron a ir mal en mi casa, mis padres se separaron, y eso supuso casi se acabase el mundo para mí. Me iba, me iba a la ciudad a vivir con mi madre, ella había encontrado trabajo allí, y no podía quedarme aquí con mi padre. Dejaba toda mi vida aquí, lo dejaba a él, mi camino se desviaba, y no podía hacer nada para evitarlo.
El mismo día que me iba a la ciudad, Jeremy apareció a primera hora para despedirse, saltó por mi ventana y entró a mi habitación.
- Quédate conmigo.
- Sabes que lo haría, pero no puedo.
- Pues entonces vámonos los dos de aquí sin decir nada.
Una lágrima salió de sus ojos color cielo, y después otra salió de los míos. Nos abrazamos, no estoy segura cuando tiempo permanecimos así, hasta que mi madre me reclamó desde abajo. Bajamos los dos, era el momento.
- Iré a por ti, en cuanto pueda iré a buscarte donde estés –me dijo llorando- Le miré y sonreí tristemente, entonces nos besamos por última vez, y me metí dentro del coche. No paré de mirar hacia atrás hasta que la silueta de Jeremy ya no fue visible en el camino.
A partir de ese momento todo cambió, nuestros caminos se separaron, y aún sigo esperando el día en el que se vuelvan a juntar.