29.5.11

Caligrama




Era una tarde lluviosa,

de chimenea encendida,

café sobre la mesa,

en el reloj, la mirada perdida.


Los cristales llorosos,

al igual que tus ojos,

contemplan la servilleta despedazada

por dedos temblorosos.


Entre los suspiros vacíos de aire,

los nervios se enredan,

vagos intentos de alzar la voz,

ahogados en lágrimas se quedan.


Esperas esa llamada que,

aunque tardía,

despierte de su letargo

a la ilusión que dormía.


Y, en un hálito de esperanza,

el teléfono suene,

hable la voz, calle el silencio

y se apresure a volver el sueño veloz.


Quizá no llame, quizá no pare de llover.

Quizá sí llame, quizá el Sol se deje ver.


Y ante el rostro contraído,

marchito y lívido,

suena el ‘‘ring’’

del teléfono nítido.


Jamás brilló el Sol con tanta fuerza,

desafiando a los peores augurios de la tormenta.



26.5.11

Yo y otras historias

Bueno, pues este post es para que veáis que hace algunos años ya escribía. Las poesías y la historia, cuyos enlaces están aquí abajo, las escribí porque mi profesora de 6º nos lo propuso. Evidentemente, la forma de expresarme ha cambiado muchísimo, pero yo creo que fue el principio de una especial atracción por este mundillo de la imaginación, de lo irreal, de la creación,...
Surgieron de la ilusión, de las ganas, del ánimo, por supuesto de la inspiración y la imaginación, pero para nada fueron fruto de mis conocimientos lingüísticos y literarios pues entonces no tenía ni idea de lo complicado que es hacer poesía. No entendía de recursos, sólo sabía que una buena poesía debe de tener rima, y a eso me limité, a hacer rima.
He de decir que las poesías no están en su versión puramente original. La profesora cambió algunas palabras y suprimió algunas frases. Yo lo dejé en sus manos, ella era la profesora de lengua y yo la alumna. En cuanto al cuento decir que hay varios errores ortográficos que surgieron al pasarlo a ordenador. De todos modos, creo que es perfectamente comprensible.

Esta es una de mis primeras poesías, escrita en clase:

Esta la escribí en casa, en un momento de inspiración:

Parecido a la anterior:

En esta historia también participó Nerea Montalbán, ya que se trataba de un trabajo de clase:

25.5.11

Necesidad de cambio.

Parece ser que la mayor preocupación de la mayoría de la juventud es esperar durante toda la semana a que llegue la noche del sábado. Dedicarse a perder el tiempo es algo muy usual en cualquiera de nosotros. Que la meta de la semana sea emborracharse el sábado para acabar, normalmente, mal parado en una esquina de la calle deja mucho que desear.

La inmensa mayoría no se preocupa por su futuro, ni ‘‘por lo que pueda venir después’’. La mala educación que algunos jóvenes reciben por parte de sus padres parece ser en parte culpable de esta actitud y de la llamada: generación ‘’Ni-Ni’’. Estar acostumbrado a que te den todo hecho no puede ser bueno ni aconsejable para nadie. Tal vez se debería de pensar que no va a haber siempre alguien ahí que te haga la cama, la comida o te lave la ropa todos los días, pero mientras haya alguien que lo haga, ¿Para qué voy a hacerlo yo, pudiéndolo hacer otro por mí? Debería de plantearse la idea de que nosotros hacemos nuestro camino y decidimos nuestro futuro, y por tanto deberíamos de preocuparnos mínimamente por él.

Es hora de ser valientes y afrontar cara a cara a los problemas, y no cerrar los ojos cuando haya algo que no queramos ver. Es hora de buscar un futuro, nuestro futuro. Es hora de cambiar la situación, y convertir esta sociedad, en nuestra sociedad; cosa que desde luego, no se consigue desde el sofá de nuestras casas.

Columna de opinión

NO TODOS SOMOS IGUALES




Es probable que cuando vayas al extranjero y digas que eres de España la gente te recuerde el flamenco, la paella o los toros con una enorme sonrisa en la cara predicante de la admiración por la cultura española. Puede que no te molestes en explicarle al alemán, al italiano, al británico, al francés, y en definitiva al ciudadano del país en el que te encuentras, que tú no sabes bailar flamenco, que no te gusta la paella o que detestas las corridas de toros. ¿Necesariamente por ser de España tienes que corresponder a estas tradiciones típicamente españolas conocidas internacionalmente? Basta con que seas antitaurino o natural del norte (y por lo tanto bailes la sardana en vez del flamenco, por ejemplo) para que te salgas de este marco establecido al que todo ciudadano no nacional apela en el instante inmediato en el que escucha ‘‘España’’. A nadie le gustaría que le identificasen con algo que no le agrada simplemente por el hecho de que a la ‘‘mayoría’’ sí que le complace.





Normalmente cuando alguien dice ‘‘jóvenes’’ lo acompaña de un resoplido y de una expresión facial de resignada aceptación. Seguramente en ese momento le han pasado por la cabeza típicos y tópicos relacionados con esa palabra casi por convención social, porque todos piensan lo mismo de esa generación de individuos, porque esa concepción se transmite de unos a otros sin que se discuta si se puede dar cabida a algún cambio. Siempre se generaliza, se engloba, se juzga por la ‘‘mayoría’’. Y eso no es justo. Que cierto porcentaje de jóvenes se dedique a hacer botellón todos los fines de semana, que cierto porcentaje de jóvenes consuma droga y que cierto porcentaje de jóvenes ni quiera estudiar ni quiera trabajar, no quiere decir que todos sean así. Pluralizar estas conductas para designar a la juventud es uno de los grandes errores de la sociedad. Cada joven es un mundo y, aunque sí que es cierto que tenemos, en cierta medida, comportamientos muy similares unos y otros, la ‘‘mayoría’’ de los típicos y tópicos no son aplicables a un elevado porcentaje.





Además, los jóvenes de ahora están empezando a entrar en conciencia. La crisis, sus secuelas y los malos tiempos que podrían avecinarse tras ella, no hacen sino incrementar el ánimo de plantearse una buena vida a través del estudio o del trabajo. Remarco: estudio o trabajo, estudiar o trabajar. Los jóvenes saben que tendrán que esforzarse para conseguir sus objetivos y mantener un nivel de vida digno. Así que no se preocupen, pronto utilizaremos ‘‘mayoría’’ para designar a aquellos jóvenes emprendedores y comprometidos con la sociedad por la cuenta que les trae.




20.5.11

CRUZE DE CAMINOS

Me resulta difícil creer en el destino, creer que todo ya está escrito y que no puedes cambiar nada a tu paso. Pero en cambio tampoco rechazo la idea de que si algo te pasa, era por que te tenía que pasar, y no había otra elección. Soy una de esas personas indecisas, que tienen demasiadas pocas cosas claras, y una de ellas es mi vida; lo que será de ella en quince años. Me pregunto si hace cinco me imaginaba que podría pasar algo como esto, que todo cambiara tan repentinamente que no me dara tiempo a asimilar todos los hechos.

Abandonar el lugar en el que he vivido durante mis dieciséis años recién cumplidos me resultaba un tanto difícil, pero mucho más era dejar atrás a todos mis amigos, familiares, conocidos… A todas las historias, momentos, y lugares que había vivido aquí.
Mi pueblo no es muy grande, y está bastante alejado de la ciudad y de otros pueblos de alrededor, pero eso es lo que lo hace tan especial.

Recuerdo no con demasiada claridad mi primer día de colegio. No conocía a nadie, y en cambio aquellos otros niños y niñas parecían conocerse todos los unos a los otros, a si que me quedé sentada en una esquina del patio a la sobra a la hora del recreo. Me dedicaba a observar a todos los niños, cómo se comportaban, lo que llevaban de almuerzo, cómo se peleaban por los juguetes… Cuando una niña se me acercó corriendo y tras tocarme gritó:
- ¡Tú la llevas!
En ese momento no supe que hacer, pero por lo que había visto, tenían que salir corriendo a hacer lo mismo con otro niño. Poco más tarde, la misma chica que me hizo involucrarme en ese juego, se presentó y me dijo:
- Hola, me llamo Irene, ¿y tú como te llamas?
- Yo me llamo Leire –respondí-

Puede que las cosas sucedieran así por casualidad, o por que tenían que pasar, pero ahora esa misma niña de 5 años, era mi mejor amiga. A la misma a la que iba a dejar en ese pueblo junto con muchas más personas.

La primera vez me fui a casa de Irene a merendar, me enseñó lo grande que era su casa, y después me llevó a la caseta de su familia, una antigua caseta donde guardaban herramientas, pero que ya no utilizaban. Esa caseta se convirtió en una especie de refugio donde jugábamos con muñecas o nos inventábamos historias que ahora sería incapaz de imaginar.

Mi madre trabaja en la única tienda de ropa que había en el pueblo, y mi padre es tendero en la carnicería. Esto me favorecía, ya que siempre tenía ropa nueva cada vez que a mi madre se le antojaba hacerme un vestido, o podíamos comer carne con frecuencia en mi casa.
Cuando era aún más pequeña, mi madre me solía hacer vestidos para mis muñecas, y casi tenían más ropa mis muñecas que yo misma. Mi padre solía llevarme con él los sábados por la mañana a pescar, era algo que me encantaba y esperaba durante toda la semana a que llegara ese día.

En uno de esos sábados de pesca, cuando yo ya tenía 11 años recién cumplidos, conocí a la persona con la que he podido disfrutar de muchos de los momentos más bonitos de mi vida.
Me encontraba en la orilla del río, asomada intentando divisar algún pez al que poder atrapar, cuando alguien se acercó por detrás y me empujó al interior del agua.
Enfadadísima me volví para ver quien había sido y me encontré con un chico de cabello rubio y rizado con ojos azules. Cuando vio que salía enfadada del río, echó a reír y a correr entre los árboles, y cuando me dí cuenta ya había desaparecido.
Ese mismo día mi padre me castigó por meterme al río, ya que no se creyó que alguien me hubiera tirado.

La segunda vez que vi a aquel chico tan misterioso fue el lunes siguiente en la escuela.
Cuando él me vio se echó a reír de nuevo, pero cuando se dio cuenta de que lo estaba mirando, apartó la mirada y se fue para otro lado.


A la edad de doce años, mis padres me sacaron por primera vez del pueblo y me llevaron a ver la ciudad. Yo estaba encantada de poder ver más lejos de las montañas, y mi curiosidad sobrepasaba los límites. No sabía con lo que me iba a encontrar: ¿cómo serían las casas? ¿Y las calles? ¿Y las personas se vestirían igual?
Para tener ya doce años, era bastante inocente, pero los medios y las circunstancias no me habían permitido conocer más de lo que me rodeaba a escasos metros.
Cuando llegué a la ciudad quedé completamente impresionada. Los edificios eran mucho más altos, había muchísimas más personas, y me parecieron muy antipáticas por que allí nadie se saludaba por la calle. Mis padres me daron órdenes de no separarme de ellos por ningún motivo, y así fue.

Pocos meses más tarde, llegaron las fiestas del pueblo, cosa que esperaba con ansia durante todo el año. Todos los años, mis tías, tíos, primos y primas acudían a comer a mi casa para el día de San Isidro. No aguantaba a ninguno de ellos. La tía Julia era la más cotilla del pueblo, y si te metía en una conversación, no conseguías salir de ella por mucho que quisieras. Ella y la tía Rosa (otra que tampoco se quedaba corta de cotilla), se pasaban toda la tarde juntas chismorreando sobre los asuntos de todas las personas del pueblo. El tío Luis, era un comerciante, que ganaba bastante dinero, y siempre que venía, presumía de todo lo que poseía. En cuanto a mis primos, ellos eran los peores, todos eran mayores que yo, y creían que por el hecho de eso, podían mandarme para hacer lo que ellos quisieran; lo malo era que yo no podía escaparme de sus manos, por que mis padres me obligaban a estar bajo su ‘‘poder’’.

Todas las fiestas eran especiales por una cosa o por otra, pero las del año pasado fueron las mejores, sin duda.
Ya tenía 14 años cuando todo esto sucedió. Ya se hacía de noche, y me dirigía a casa para cenar, cuando en medio de la gente me sorprendió ver cómo aquel chico rubio que hace tres años me tiró al río me miraba con sus ojos azules brillantes, y como no, lo seguí y fui hacia él para pedirle una explicación de por qué me miraba de esa manera. Cuando ya estaba cerca de él, vi como se alejaba rápidamente del barullo de gente y se adentraba en el bosque. Enfadada lo seguí:
-¡Eh! ¡Oye! ¿Qué te pasa? ¿Por qué corres? – gritaba-

Cuando me quise dar cuenta estaba completamente metida en el bosque, sola, había perdido de vista a aquel chico, y no sabía encontrara el camino de vuelta. Asustada comencé a gritar cuando una mano me tapó la boca y me lo impidió.

- Tranquila, no te voy a hacer daño – una voz me susurró al oído-
- ¡¿Pero a ti que te pasa?! ¡Me has dado un susto de muerte!
- Me llamo Jeremy, ¿y tú eres?
- Leire – respondí tímidamente, era notablemente más alto que yo, aunque solo tenía un año más-

Comenzamos a hablar, como si nos conociéramos de siempre y resultó ser un chico lleno de secretos. Entonces me dí cuenta de que había pasado dos horas junto a él, y que iba a estar castigada para el resto de mi vida, y me fui corriendo sin dar explicaciones.
Mis padres me castigaron el siguiente mes entero, pero para mí sorpresa, al día siguiente de que esto pasara, una carta cayó por mi ventana a las once y media de la noche, decía:

‘‘BÚSCAME MAÑANA A LAS DIEZ DE LA NOCHE EN EL RÍO’’

Así que al día siguiente, con la escusa de ir a llevarle carne a la tía Rosa, acudí al río, justo en el lugar donde había estado la noche de fiestas. Y allí estaba él, esperándome.
Las horas pasaron volando, hice ademán de levantarme e irme, pero entonces me cogió de la mano, gritó: ‘‘¡Espera!’’, me atrajo hacia él y me besó.
Durante las siguientes noches, nos seguimos viendo, todas, se había convertido en parte de mi vida.

Pero entonces las cosas empezaron a ir mal en mi casa, mis padres se separaron, y eso supuso casi se acabase el mundo para mí. Me iba, me iba a la ciudad a vivir con mi madre, ella había encontrado trabajo allí, y no podía quedarme aquí con mi padre. Dejaba toda mi vida aquí, lo dejaba a él, mi camino se desviaba, y no podía hacer nada para evitarlo.

El mismo día que me iba a la ciudad, Jeremy apareció a primera hora para despedirse, saltó por mi ventana y entró a mi habitación.
- Quédate conmigo.
- Sabes que lo haría, pero no puedo.
- Pues entonces vámonos los dos de aquí sin decir nada.
Una lágrima salió de sus ojos color cielo, y después otra salió de los míos. Nos abrazamos, no estoy segura cuando tiempo permanecimos así, hasta que mi madre me reclamó desde abajo. Bajamos los dos, era el momento.
- Iré a por ti, en cuanto pueda iré a buscarte donde estés –me dijo llorando-
Le miré y sonreí tristemente, entonces nos besamos por última vez, y me metí dentro del coche. No paré de mirar hacia atrás hasta que la silueta de Jeremy ya no fue visible en el camino.

A partir de ese momento todo cambió, nuestros caminos se separaron, y aún sigo esperando el día en el que se vuelvan a juntar.






19.5.11

Recuerdos en un cristal

Las siluetas onduladas, sombreadas e informes de los árboles situados al pie de la calle discurrían por los cristales del automóvil como si de un riachuelo de agua se tratase. También el reflejo de las paredes de ladrillo caravista de las casas y sus tejados triangulares resbalaban por el espejo transparente del límpido cristal. El cielo y las nubes también se proyectaban sobre las lunas con ese característico aspecto de un mar infinito salpicado de esponjosos islotes. El Sol brillaba, los pájaros cantaban y el día sonreía.













En concreto el día le sonreía a Raquel, le transmitía energías positivas y le intentaba inundar con la ferviente animosidad, claridad y vitalidad de los más hermosos días de primavera. Pero Raquel no sabía que partido tomar, no sabía si corresponder al día con una sonrisa o refutarlo con una lágrima. No sabía que era lo correcto en aquellos momentos. No sabía si realmente esa salida de su hábitat natal le producía un entusiasmo desmesurado al saber que no tendría que volver a mirar a la cara a ciertas personas o si, por el contrario, le hacía sentir un hondo pesar y tristeza porque, al fin y al cabo, ese había sido su pequeño mundo durante dieciséis años.
Ahora, conforme el coche avanzaba por la principal avenida, ella se hacía esas preguntas. A los lados de la carretera iban circulando casas, comercios, parques, quioscos, plazas, praderas, explanadas, senderos,…y todos, en cierta medida, estaban relacionados con ella pues, de una u otra forma, ella había compartido allí vivencias. Ahora evocaba recuerdos a cada metro que avanzaba el automóvil y cada edificio, cada estación de autobús, cada planta e incluso cada baldosa parecían escribir en el paisaje una interminable historia, parecían dictarle a Raquel cada frase que componía su vida y ella debía de anotar, como autora de su existencia, a modo de memorias en su mente.





El cine municipal se acercaba. Era más bien una sala pequeña y su capacidad no rebasaba los 150 espectadores. Sin embargo, a pesar de tratarse de un mediocre cine de pueblo sin importancia alguna, había proyectado entre sus paredes las últimas películas de Hollywood no mucho más tarde de sus dos meses de estreno. Así fue como llegó al proyector la película Turbulencias estomacales cuyo nombre le produjo a Raquel nada más oírlo un punzante estremecimiento y un asqueroso presagio. Jamás se le habría ocurrido ir a verla de no ser porque su mejor amiga, Andrea, le rogó que fuera por su cumpleaños. Sin duda, Andrea tenía antojos extraños para tratarse de una celebración de ese tipo pero a Raquel no le sorprendió ya que conocía demasiado bien a su amiga para intentar negarse que lo que esta pretendía era hacerse la dura, la fuerte, la impasible, la inalterable, como solía hacer para llamar la atención de los chicos. Raquel realmente no sabía si los sucesos le afectaban de verdad a su amiga pero desde luego podría ganarse la vida como actriz de teatro.


Raquel acabó aceptando la petición de Andrea de mala gana. Sabía que no duraría en la butaca ni diez minutos y, en efecto, así fue. El título prometía lo dicho. Tripas, intestinos, ojos saltando, cabezas reventando,…Raquel tuvo que salir al baño por lo menos seis veces y a la séptima decidió que ya no volvería a entrar así que esperó a su amiga fuera. Cuando acabó la película y Andrea salió a la calle no se le ocurrió nada mejor que decir para levantar el ánimo de su amiga que ‘‘No ha sido para tanto. He visto otras mucho más fuertes. Esta no ha sido nada en comparación con ellas’’ por supuesto mirando de refilón a la pandilla de chicos que se encontraban a sólo unos metros. Y lo dijo alto y claro para que se le escuchase bien mientras Raquel ponía cara de asesina y se reprimía las ganas de abofetear a su amiga por el simple hecho de que era su cumpleaños.




Claro que de no ser por esto nunca habría vivido uno de los más bonitos recuerdos que guardaba en sí. Si esa película no se le hubiese indigestado, si no hubiera salido repetidas veces a los servicios y si en una de esas salidas no se hubiera encontrado con un chico que le preguntó como se encontraba, jamás habría acabado compartiendo una bonita historia de amor con ese chico.


Pablo había sido durante unos meses la principal ilusión por la que Raquel se levantaba todos los días con ganas de vivir, trabajar y disfrutar y ahora que pasaba por el parquecillo anexo a la tienda de regalos recordaba cómo en uno de esos bancos, el más alejado de la vía, el más escondido y protegido, se habían dado el primer beso.


Había sido una tarde de otoño, cuando ya empezaba a refrescar y la unión sentimental de ambos no había hecho nada más que florecer. Raquel tenía frío y Pablo le ofreció cobijo entre sus brazos. Ni siquiera sabían del todo bien si se gustaban pero a partir de ese día lo comprobaron y, aún más, lo verificaron. El Sol se ponía en el horizonte, el viento suave levantaba las hojas doradas abatidas en el suelo y el ambiente parecía un suspiro soñoliento. Se abrazaban, se daban calor, se sentían bien. Su mutua compañía les era agradable y fue este el motivo por el que decidieron los dos al mismo tiempo levantar sus ojos, fijar sus miradas y fundirse en un beso dulce y largo. Y aunque el paisaje aparentaba calma, sus corazones se aceleraron y pudieron sentir en una misma vez que sus sentimientos se correspondían y que eran verdaderos.



Raquel acudiría a aquella imagen cada vez que se sintiera triste o incomprendida incluso ahora cuando ya no estaban juntos. Jamás se había sentido tan segura y tan complacida con la actitud de alguien respecto a ella. Ni siquiera sus padres, a los que a menudo aborrecía. No es que fueran malos sino que, como la inmensa mayoría de los padres, no comprendían ni toleraban la rebeldía de esa etapa de la adolescencia.


Pero recordar su experiencia con Pablo le traía también el amargo recuerdo de su ruptura. Fue él quien la dejó. Raquel entonces no sabía que Pablo era un rompecorazones y tampoco lo supo cuando empezaron su relación. Para él era una detrás de otra aunque a cada una le hiciera sentir como la única y la definitiva. Como si fuera adrede y para hacer aún más daño, Pablo quedó con Raquel en el mismo banco de la misma esquina del mismo parque donde se dieron el primer beso. Le dijo que se había dado cuenta de que ya no la quería y que sería mejor que lo dejaran antes de que él le pudiera hacer más daño. Raquel sabía que no era más que una excusa para poder empezar a salir dos días después con otra desafortunada chica que, desgraciadamente, tampoco sería la última.




Aunque si no hubiera sido por esto ella no habría vivido una de las peores secuencias de su vida que, vista de cierto modo y por el lado bueno, le había ayudado a ser más fuerte y saber afrontar los problemas del día a día con más seriedad y firmeza.

Fue cuando Pablo se despidió de ella con un simple y fingido ‘‘lo siento’’ que ella se quedó llorando en el banco, pensativa. Sabía que aunque esa historia había supuesto mucho para ella no podía hundirla para el resto de su existencia. Decidió endulzarse lo que quedaba de día para quitar ese agrio sabor que le había quedado y poner un final feliz. Entró en la tienda de regalos donde también vendían golosinas y caramelos y se compró una considerable cantidad de dulces si bien tuvo consideración y no exageró demasiado para no caer enferma. Entre anises, petazetas y nubes de algodón llegó desde una punta del pueblo a la otra. Su pueblo no era grande y acompañando el paseo con dulces aún se hacía más corto el trayecto. Miraba cada escaparate con atención intentando centrarse en lo que veía y olvidando lo que acababa de vivir. En la última tienda del pueblo decidió entrar a echar un vistazo a los pantalones vaqueros pues recordaba que necesitaba unos urgentemente porque había pegado un estirón y todos los que tenía le quedaban cortos. La dueña de la tienda no era de allí, era forastera, por eso Raquel no solía entablar conversación con ella casi nunca salvo saludar y despedirse. Habría sido diferente si hubieran sido vecinas. Seguro que entonces se llevarían mejor. Pero a pesar de no serlo, Raquel sabía que Maite era una buena persona y que merecía la pena conocerla.



Raquel se internó en las entrañas de la tienda que era bastante grande. Se fijó, no sólo en los vaqueros, sino también en camisetas, chaquetas, blusas, vestidos,…pensando que una compra compulsiva le haría olvidarse definitivamente de todo. Aunque sabía que no llevaba suficiente dinero siguió mirando las prendas con afán. Fue entonces cuando escuchó un grito proveniente de la entrada. Al principio se quedó paralizada pero después reaccionó y se dirigió rápidamente a la caja. Allí contempló como un hombre encapuchado sostenía una navaja sobre el cuello de Maite amenazando con matarla y después robar la recaudación. Aunque ella le pedía que la soltase y le prometía que le daría todo el dinero si no le hacía daño el ladrón cumplió su cometido: mató a la tendera, desvalijó la caja y se dio a la fuga. La suerte quiso que el asesino no se percatase de que su ex-mujer tenía clientes en la tienda, en concreto uno: Raquel. Esa imagen quedaría grabada en la mente de la chica toda su vida, por muy larga y eventual que fuera. Tuvo que jurar sobre el libro sagrado que diría la verdad, toda la verdad y nada más que la verdad en el juicio del que formó parte obligada como único testigo del crimen. Allí se enteró de que el hombre encapuchado era el ex-marido de Maite el cual tenía ya denuncias previas por malos tratos y tras pedir su mujer el divorcio decidió vengarse de esa manera. Los jueces sabían de sobra como juzgar ese caso pero necesitaban corroborarlo con la confesión de al menos un testigo. Y ese testigo, único y solitario en este caso, era Raquel.

Seguramente nadie tiene una buena concepción- o no quiere tenerla- de lo que es presenciar un asesinato, un robo y juicio, todo seguido, en plena adolescencia, a la tierna edad de quince años, cuando los cambios afectan mucho en la personalidad de los individuos y cuando quedan remarcados los definitivos rasgos del carácter que poseerá la persona adulta. Raquel lo vivió y le afectó muchísimo. Pensó que su juventud acababa el mismo día del asesinato y que, a partir de entonces, empezaría a desarrollar su vida de adulta enfrentándose a los problemas cotidianos que tienen las personas adultas. Pero ella sólo tenía quince años y, sin embargo, le parecía estar viviendo una vida de 35. Desde entonces todo fueron caras largas y miradas tristes. Incluso sus padres se habían olvidado de sonreír al tener que acudir a los juicios como representantes de su hija, al tener que declarar, a veces, por ella, al tener que sonsacarle información que exigía la abogacía, al tener que tratarle, al fin, como una persona mayor que no era. También para ellos supuso esto un terrible mazazo. Si algo bueno se sacó de todo esto fue que Raquel se hizo más fuerte día a día, que supo mantener la calma y afrontar las adversidades con la serenidad, la templanza y el procedimiento que utilizan las personas ya formadas y, aprendiéndolo de tan joven, le procuraron pocos sustos, sorpresas inesperadas y asombros los acontecimientos arduos del porvenir; ya estaba preparada psicológicamente y sabía la táctica casi a la perfección.




Pero a pesar de que había tenido malas vivencias en el pueblo, las buenas las superaban con creces. Si malas sólo recordaba la ruptura con Pablo y el asesinato de Maite, las buenas se remontaban desde su nacimiento hasta los 14 años, se suprimían los seis meses que duraron los juicios, y continuaban hasta los dieciséis años. Porque todos volvieron a sonreír con el tiempo y a seguir sus vidas como hasta entonces lo habían hecho.





Y ahora que pasaban por enfrente del ‘‘toysrus’’, el paraíso de los juguetes para los más pequeños recordaba una de las Navidades más felices de su vida. Aquella en la que su tía, amante de los viajes que siempre estaba fuera y se dejaba ver poco el pelo por el pueblo, decidió volver de su viaje a Tanzania y le regaló, además de una de esas estupendas flautas de caña que tocan tan bien los sudafricanos traída desde allí, un juguete que esperaba desde hace tres Navidades y que sus padres no habían querido comprarle por considerarlo ‘‘poco adecuado para una niña’’. Y ese juguete era un maletín con piezas de lego y ‘‘playmobils’’ para hacer todo tipo de construcciones. ¿Qué culpa tenía Raquel si le atraía tanto hacer construcciones y la única manera de conseguirlo era utilizando juguetes de niño? Bueno, considerando que fuesen de niño, porque a ella la parecía que todos los juguetes podían ser de niño y de niña a la vez. Incluso un chico, si quería, podía jugar con una Barbie. Es más, Raquel creía ahora que poseer ese juego fue la base fundamental que motivó su admiración y su entrega a lo que aún aspiraba: ser ingeniera.



Conforme el coche salía del pueblo, se alejaban las viviendas y sólo quedaban alguna que otra plaza, fuentes y explanadas.



Pasaban ahora junto a la fuente del Podgo y recordaba aquellas calurosas tardes de verano cuando todavía no habían construido las piscinas y los chicos y chicas del pueblo se ponían sus bañadores y se capuzaban en la fuente. Esta hacía las veces de una piscina pequeña y se pasaban las tardes chapoteando y jugando en el agua como si de peces se tratase. Así llegaba a su mente aquella vez que Andrea, como de costumbre pavoneando delante de los chicos, se resbaló en el bordillo de la fuente y cayó de bruces en el suelo. Afortunadamente sólo se hizo algunos escorchones y rasguños pero su fin que era asombrarlos a través de la admiración, pasó a serlo por medio, primero del desconcierto, y luego de la risa. Desde ese día todos los chicos le recordaban muy a menudo esa anécdota y, aunque a Andrea al principio le molestó, acabó por reírse con todos de su propia desgracia. Y se reía a carcajada limpia, vociferando y profiriendo gritos de conejo para acentuar que le importaba un auténtico comino ese episodio y que era lo suficientemente sensata para que no le afectase. Así, lo que pretendía, como un millón de veces antes, era sorprender a los chicos ante su indiferencia y el acuerdo común de que esa anécdota era una tontería.



En la explanada final del pueblo recordaba Raquel haber hecho acampadas para ver lluvias de estrellas en verano. Esa zona estaba separada un kilómetro del pueblo y la luz artificial no afectaba al oscuro firmamento de manera que los amigos preparaban allí su particular laboratorio astronómico, a menudo acompañados de un monitor que les informaba y les enseñaba conceptos astrológicos. Era una de las actividades favoritas de Raquel en verano porque le encantaba mirar por el telescopio y utilizar otros artilugios vinculados a esa ciencia a la que aspiraría sino conseguía llegar a ser ingeniera. Y por supuesto, lo que más le gustaba era pedir deseos a las estrellas fugaces. Por el momento ninguno se había cumplido pero ella esperaba todavía que, a largo plazo y con el transcurso de su vida, se hicieran reales. Porque ella no pedía cosas como por ejemplo un perrito, cosa que piden la mayoría de las niñas. No. Ella pedía cosas que de verdad se pueden tener en la vida, y no sólo materiales. Sin duda, Raquel era una niña lista y lo seguía siendo ahora.



Muchos más recuerdos, todos buenos, que abundaban sobre unos pocos malos, por ejemplo algunos roces con alguna de las que ahora consideraba ex-amigas , retornaban a reproducirse en su mente con una plasticidad y una viveza tan extrañas y sorprendentes que casi se hacían tangibles. Quizá en un momento de flaqueza amistosa y sentimental unas semanas antes le había hecho creer que marcharse del pueblo era salir del infierno e ir en busca del Edén, desprenderse de las cadenas que la ataban a un lugar donde, en esos momentos, sólo quería recordar que había tenido malas experiencias y empezar una vida nueva y, seguro, mejor, en un lugar distinto con gente totalmente diferente. Pero igual que dicen que en tu última agonía vislumbras el álbum de fotos de tu paso por el mundo, cuando te marchas del lugar donde has hecho gran parte de tu vida, donde has nacido y donde te has criado, donde tienes amigos, familia y conocidos, por experiencia propia, Raquel sabía que todos los recuerdos acumulados hasta sus dieciséis años se precipitarían sobre ella en el último momento, en ese instante en el que contemplara por última vez su pueblo y aceptase al fin que no iba a volver, que esos árboles y fachadas no se volverían a reflejar sobre los cristales de su coche. Lo harían otros, pero esos no.


Toda su familia se marchaba a Italia donde su padre había conseguido un empleo estable con unas condiciones mucho mejores y mucho mejor remunerado que el de ahora por el cual recibía un salario pobre, escaso e insuficiente. Sí, se marchaban por su bienestar, por la comodidad y por un futuro mejor. Ahora Raquel tendría que estudiar la carrera de ingeniería, y en su defecto de astronomía, en una de las universidades de Roma.





11.5.11

Poema vanguardista


DE LA HISTORIA DE SIEMPRE


Piensas que puedes llegar a ser mucho,

piensas que puedes hacer historia,
piensas que tienes un destino seguro
y que nadie podrá interferir en tu decisión.

Cuando creías todo arreglado
cuando disfrutabas ya de la certeza del camino,
cuando pensabas alcanzar lo inalcanzable
la desilusión entró en tu casa sin preguntar antes.

Siempre hay baches, pedruscos y socavones
que se superan con un poco de esfuerzo
pero lástima si hay quien los impone
en tu trayectoria a mala idea.

Si permites que eso te frustre,
si dejas que te ahogue y te encierre
en una jaula sin rejas
donde sólo eres preso de tus orejas.


Que no paran de oír lo que la gente NO dice,
o tal vez dice.


Pero tan incierto como las apariencias
son las palabras no escritas de las personas
que salen con alitas de ángel de sus bocas
y ligeras vuelan hacia el cielo o el infierno.

Infierno si condenan.
Cielo si alaban.

Dejar de ser prisionero de la invisibilidad,
inexistencia, imaginación, no es fácil,
a veces una mirada dice lo que una boca calla,
pero en su momento proclamó a los cuatro vientos.

Bicho insignificante, como al pisar saltan las tripas,
así saltan los rumores
y las opiniones vacías.


Descuelga el portero y pregunta quién
y que la desilusión te prevenga antes de su llegada.






NOTA: crítica, porque yo soy muy crítica. Desahogo, liberación, eliminación de razonamientos lógicos y simple evocación de una imagen que hable lo que yo callo, que diga lo que yo no cuento, que muestre lo que yo oculto, que simbolice lo que yo siento y lo que los demás con su actitud me hacen sentir. Llámese vulgarmente ''poner verde'' o ''poner a parir'' pero ante su hosca resonancia digamos ''toque de atención''.


9.5.11

EL GRAN ESCAPE
 Después de todo este tiempo,
de pasar cientos de noches sin luna,
y cientos de días sin ver el sol.
Salir de este lugar lleno de mentiras,
de sarcasmo y ambición.
Desearía salir volando,
como si de un pájaro se tratara.
Sé que este no es mi lugar,
no sé si estará lejos, o quizá cerca,
pero lo he de buscar, y encontrar.
Levantarme cada mañana y olvidar,
que estuviste a mi lado,
y que todo esto fue verdad.
Una nueva ciudad,
lejos de tu mirada y de tu voz
lejos de los disturbios
que produjo tu corazón.
Nuevos aires, nuevos lugares,
personas nuevas, personas olvidadas.
Pasada la tormenta,
no hay nubles que valgan.