Dicen que en el amor siempre hay segundas oportunidades. Por lo que yo he probado de él, no es cierto, o, al menos, no lo es en mi caso. De mi pasada historia de amorío frustrado puedo deducir que el tiempo pasa lento pero rápido a la vez, que sientes pena pero a la vez ira, que el recuerdo de un buen momento te duele pero a la vez te conforta. Tras la ruptura, el tiempo se me hizo eterno. Cada segundo, cada minuto, cada hora…eran siglos para mí. Pasaba todo el tiempo reflexionando sobre qué había ido mal entre nosotros o qué había hecho mal yo, pero no encontraba ninguna razón, ninguna explicación.
Cada día y cada noche en blanco eran insuficientes para entender la realidad. Durante ese período sentí tristeza, pena, insatisfacción, porque sabía que se había roto mucho más que un simple lazo amoroso; se habían agrietado todos los recuerdos, se había quebrado un futuro infinito, había desaparecido el máximo ejemplar de amor perfecto, ideal. Pero a la tristeza le acompañaba la ira, la rabia de pensar en el extinto amor y que por tanto no volvería a existir. Sientes como la furia de tu interior se transforma en un grito que, te gustaría, quebrara los cielos, los espacios, la existencia. Los buenos momentos siempre son recordados. Yo me acuerdo de sus besos que me transmitían una sensación templada, acogedora y segura. Es una sensación envolvente que me acaricia cada vez que pienso en ella, pero a la vez me duele, me abre heridas, me recuerda que nunca la volveré a sentir en persona. Así es como el tiempo pasa lento y desgarrador y a la vez rápido e insuficiente. Así es como sientes a la par pena e ira, tristeza y furia. Así es como los recuerdos hieren y curan.
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- Lo siento, Roberto. De verdad, es una pena que vuestro amor haya acabado así – dijo David compadeciéndose de su amigo.
- No te preocupes, no pasa nada, se veía venir. Al menos no me ha cogido por sorpresa como te pasó a ti. Un día estabais tan normal y al siguiente te dejó porque sí. Comparado contigo no tengo motivos para llorar – contestó Roberto enjugándose las lágrimas.
- Bueno, mejor para ti. A nadie le desearía una ruptura como la mía. Todo era un jardín de rosas pero, al final, me pinché con la espina – dijo David.
- Tu historia es impresionante. Siempre he admirado la valentía y la fuerza con la que conseguiste superar el dolor posterior y aún más cómo supiste mantener la compostura cuando te di la noticia. Yo me habría vuelto loco y habría hecho qué se yo de barbaridades– explicó Roberto.
- - Sí, tienes razón. Aunque en mi interior estaba destrozado supe mantener la situación con calma exteriormente. En el momento en el que salió de tus labios ''Coral se ha ido con otro'' sentí como que perdía la noción del espacio y del tiempo, que todo lo de mi alrededor se volvía borrosos y gris y tú seguías hablando pero yo no te escuchaba porque me encontraba sumergido en un ambiente irreal, abstracto, ajeno al mundo. La cabeza me daba mil vueltas. En esos momentos pasaron por mi mente multitud de cosas: imágenes, sensaciones, palabras, besos,…en fin, recuerdos. Y sentí como todos ellos se desplomaban, se precipitaban al vacío, al olvido, al abismo, al fondo de la nada. Pero yo no quería olvidarlos, yo quería volver a sentir, sentir para siempre esos besos, esas citas, esas palabras,… Pero era imposible y al verlo de esta manera me encontré en una situación en la que la furia, el enfado y la ira se daban la mano con la tristeza y el dolor más desgarrador que se pueda sentir. En mi pecho, en mi alma, en lo más hondo de mi ser, sentí el efecto de una puñalada. Recuerdo que tuve que apoyarme en la pared para organizar las ideas en mi mente. Apreté los puños con todos mis fuerzas cuando, tras calmarme y volver en sí, comprendí las razones que una persona podía tener para llorar, y, aún peor, para matar. Me produjo un escalofrío pensar en esto. Lo único que salió de mí fue decirte balbuceando y a duras penas ''gracias''. A pesar de sentirme completamente machacado, logré separar mi interior de mi exterior. Es una reacción de la que quedé satisfecho pues si sólo hubiera hecho caso a mi interior, si mantener la compostura y las razones de mi existencia no me hubieran importado, a saber lo que habría sido capaz de hacer – contó David remontándose a un tiempo pasado.
- Lo que yo te decía, cualquier barbaridad. Gracias por tus consejos David, y por supuesto, por tu apoyo incondicional. Eres un verdadero amigo y sé que siempre estarás ahí cuando te necesite – dijo Roberto.
- No lo dudes. En estos momentos lo que más se puede necesitar es un amigo fiel, en el que puedas confiar. Tú lo fuiste conmigo así que yo corresponderé de la misma manera que lo hiciste tú. Pero a propósito el amor, ¿por qué no lo intentas de nuevo con Lorea? Al fin y al cabo ella tampoco estaba tan segura de terminar. Quizá fuiste un poco mareante – dijo David con tono burlón -. Si le ayudas a reorganizar sus ideas seguro que podéis volver a estar juntos.
- ¿Te refieres a una segunda oportunidad? – preguntó Roberto.
- SÍ. Yo no la tuve con Coral. Un tiempo después hablé con ella y me dejó muy claro que no había nada que hacer, nada que arreglar. Simplemente se había cansado de mí. Pero Lorea de quiere y ella tampoco está cómoda con esta situación. ¿Porqué no intentarlo? – Propuso David.
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Mi historia de amor no tuvo un final feliz, pero hay otras que sí que lo tienen... Fue maravillosa hasta el final pero una pieza teatral no puede representarse si falta un protagonista. Dicen que en el amor siempre hay segundas oportunidades…





